En los últimos años, ciudadanas de todo el mundo se han interesado cada vez más en el uso de las tecnologías digitales, móviles y dispositivos conectados a internet, por ejemplo, y en su aplicación para el cambio político y las campañas sociales.
Estas prácticas, a las que Mary Joyce denomina “activismo digital”, han ido conociéndose por repotajes de periodistas, diseccionadas por blogueras y ávidamente estudiadas por estudiantes, activistas y entusiastas que desan entender y replicar las tácticas más efectivas.
En nuestros esfuerzos por entender el activismo digital, sin embargo, demasiado a menudo se nos obsequia con anécdotas y casos de estudio: cuentos de campañas políticas, como la de Barack Obama, que usó una red social para movilizar voluntariado; historias inspiradoras desde Irán o Moldavia sobre ciudadanas emitiendo vídeos desde móviles en YouTube o aportando actualizaciones de las protestas en Twitter.
Las anécdotas son reportadas, alabadas, engrandecidas y criticadas. A veces las lecciones y buenas prácticas que se extraen se pueden aplicar a otras campañas. El campo, sin embargo, permanece fragmentado.
Si nos centramos en las anécdotas, nunca entenderemos realmente el activismo digital porque el uso y relevancia de las herramientas digitales y sus tácticas están constantemente cambiando.
Mary Joyce en Digital Activism Decoded (pdf).
Dibujo: Arroz con nori, cc en flickr


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